
En el dinámico mundo de la planificación urbana y la sostenibilidad, a menudo nos centramos en la infraestructura y la tecnología: ciclovías, vehículos eléctricos, sistemas de transporte inteligentes. Sin embargo, para que la Movilidad Urbana Sostenible (MUS) sea realmente exitosa, es fundamental comprenderla como un proceso que afecta y es afectado por el ser humano en todos sus entornos.
Aquí es donde la Teoría Ecológica de Urie Bronfenbrenner ofrece un marco conceptual extraordinario. Esta teoría nos invita a ver el desarrollo humano no en un vacío, sino a través de una lente sistémica, donde el individuo interactúa con múltiples capas de su entorno, desde lo más íntimo hasta lo más global.
Aplicar este enfoque a la MUS nos permite ir más allá del asfalto y las emisiones, para entender la complejidad de las decisiones de movilidad en nuestra vida cotidiana.
1. El Microsistema: El entorno más íntimo
Este es el nivel de las decisiones diarias. ¿Cómo nos movemos para llevar a nuestros hijos a la escuela? ¿Elegimos caminar al mercado o tomar el vehículo? Las experiencias en este nivel—la seguridad de las aceras, la distancia a las tiendas locales, el costo del transporte público—moldean directamente nuestros hábitos de movilidad. Para impulsar la MUS, debemos crear microsistemas donde caminar, pedalear o usar el transporte público sea la opción más conveniente, segura y placentera.
2. El Mesosistema: Conectando los puntos
El mesosistema se trata de las interconexiones entre nuestros microsistemas. Pensemos en la relación entre el hogar y el lugar de trabajo, o entre la escuela y el barrio. Una MUS exitosa requiere una cohesión en este nivel. Si el transporte público no conecta eficientemente la zona residencial con el centro de empleo, o si no existen rutas escolares seguras, el sistema se rompe. La clave aquí es la coordinación: una planificación que asegure que los diferentes entornos de la vida de una persona trabajen juntos para facilitar la movilidad sostenible.
3. El Exosistema: El poder de la influencia indirecta
Aquí se encuentran los entornos en los que no participamos directamente, pero que nos afectan profundamente. Las políticas de estacionamiento sobre la vía pública en nuestra ciudad, las inversiones del gobierno en infraestructura de transporte o las regulaciones de seguridad vial son ejemplos claros. Una persona no decide estas políticas, pero su día a día está condicionado por ellas. Un municipio que invierte en una red de tranvía o una compañía que subvenciona el abono de transporte de sus empleados está actuando en el exosistema para promover la MUS.
4. El Macrosistema: La cultura y los valores colectivos
Este es el nivel más amplio: el contexto cultural, los valores y las ideologías de una sociedad. Durante décadas, el automóvil fue un símbolo de estatus, éxito y libertad. Para que la MUS se arraigue, es necesario un cambio en este macrosistema. La sostenibilidad, la salud pública y la reducción de la contaminación deben ser valores compartidos que legitimen y promuevan las alternativas al vehículo privado. Este es el nivel más difícil de cambiar, pero sin una transformación cultural, las iniciativas en los otros sistemas serán frágiles.
5. El Cronosistema: El factor tiempo
Finalmente, el cronosistema nos recuerda que los cambios ocurren con el tiempo. La forma en que una ciudad fue planeada en el pasado influye en sus patrones de movilidad actuales. Del mismo modo, eventos como la pandemia de COVID-19 han alterado temporalmente —y en algunos casos permanentemente— nuestros hábitos de desplazamiento. La MUS debe ser una estrategia flexible, capaz de adaptarse a las transiciones históricas y a los cambios en la vida de las personas.
¿Por qué es esto relevante para el liderazgo y la planificación?
Entender la MUS desde la perspectiva de Bronfenbrenner nos obliga a adoptar un enfoque holístico y centrado en el ser humano. No se trata solo de construir, sino de crear ecosistemas de movilidad que sean coherentes, accesibles y que resuenen con los valores de la comunidad.
Los líderes y planificadores deben dejar de ver la movilidad como un problema de ingeniería y empezar a abordarla como un desafío sistémico que conecta a las personas, los lugares y la cultura. Solo así podremos construir ciudades verdaderamente sostenibles, habitables y equitativas para todos.











